Hatshepsut, la gran relaciones públicas del antiguo Egipto

Para muchos, las Relaciones Públicas son una disciplina reciente, hija de las nuevas tecnologías y hermana de los community managers o los data scientist. Pero nada más lejos de la realidad.

Las relaciones públicas surgen con cada interacción, con cada necesidad de gestionar el contacto que tenemos con quienes nos cruzamos y, así, intentar que tengan una visión de nosotros —una reputación— que nos beneficie. Hay miles de ejemplos en nuestra historia, y por eso hoy quiero presentaros uno que ocurrió hace unos 3.500 años.

El contexto

Antes de entrar en materia, creo que es importante que analicemos el contexto en el que vivió nuestra experta en Relaciones Públicas.

El antiguo Egipto era una sociedad patriarcal en la que los faraones eran hombres, encarnaciones del dios Horus en la tierra, y las reinas eran mujeres que transmitían el linaje real con los alumbramientos gracias a su sangre. Difícilmente una mujer podía ser faraón. Un hombre no podía, de ninguna manera, garantizar el linaje real.

Ya sabéis, aquello de “los hijos de mi hija son mis nietos, los hijos de mi hijo, no lo sé”.

Cuando Tutmosis I murió, dejó al pueblo de Egipto un reino próspero y ningún hijo varón vivo y nacido de la esposa real, pero sí niñas. Por eso, el faraón nombró heredera a su hija Hasthepsut, que ostentaba el título de Esposa de Dios por su sangre real pura. Sin embargo, el visir y arquitecto Ineni confabuló con el resto de la Corte para elevar al trono a Tutmosis II. Para legitimar a este hombre, hijo de Tutmosis I y de una segunda esposa, lo casaron con su media hermana Hatshepsut.

¿Endogamia? Nah, qué va.

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Los hermanos Lannister aprueban la endogamia del antiguo Egipto

Relaciones Públicas en el Antiguo Egipto

Sinceramente, creo que Tutmosis I quiso que su hija fuera faraón porque vio en ella un gran potencial. Como esposa real, además del papel político correspondiente a una mujer de su categoría dentro del séquito real, también tenía un gran peso en los rituales religiosos del país. Así, mientras cumplía con su mandato, su relación con los sacerdotes de Amón fue creciendo y afianzándose, y su reputación como mujer divina corría por la Corte como los ratones en un almacén abandonado.

La necesidad de Hatshepsut

Ella quería, sobre todas las cosas, ser faraón. Para eso había nacido, para eso la habían preparado. Sin embargo, tenía en contra demasiadas cosas: la Corte, su medio hermano y marido. La tradición. Romper las reglas que se han seguido toda la vida —y en aquel momento del Egipto faraónico significaba romper con una tradición milenaria— no era nada fácil.

Por eso, mientras cumplía con su papel de esposa real y alumbraba a sus tres hijas, hizo amistades en palacio y en la iglesia. Tomó el papel de relaciones públicas.

Grupos de influencia en el antiguo Egipto: la iglesia

Ahora que está tan de moda hablar de influencers, debéis saber que estos existen desde que nació la sociedad. Ahora tenemos en mente a ese personaje público por méritos propios o por tener mano con las redes sociales que es seguido por los consumidores y que, con su estilo de vida, promociona marcas y otros bienes y servicios. Siempre han existido: las figuras públicas tienen un yo que sé, que qué sé yo, que hace que el resto de la población quiera ser como ellos y los imiten en todo lo que pueden.

Además de estos influencers en solitario tenemos a los grupos de influencia. Son organizaciones no políticas que defienden sus propios intereses y que tienen, en menor o mayor medida y en una duración temporal que puede variar, influencia en los poderes públicos en vez de en las personas anónimas. ¿Para qué influyen en ellos? Para conseguir cosas en su propio beneficio.

“Carla”, me diréis, “¿estás hablando de los lobbies?”. Algo así. Y en el antiguo Egipto, la figura que más se parece a estos lobbies, que nos suenan a todos de las películas americanas, es la iglesia.

Recreación del Templo de Luxor en Tebas dedicado a Amón
Recreación del templo de  Luxor dedicado a Amón. Ciudad de Tebas. Imagen de Discovering Egypt.

Como sabéis, la sociedad egipcia era politeísta (excepto en la época de Akhenatón) por lo que podría parecer que todos los dioses tenían la misma importancia. Sin embargo, solo algunos de ellos tenían peso suficiente como para tener su propia estructura eclesiástica con templos, sacerdotes y rituales a nivel faraónico. Uno de ellos era el dios Amón, con cuyos sacerdotes Hatshepsut hizo migas. Muy buenas migas.

Amón pasó de ser un dios menor en el Imperio Antiguo (hasta la V Dinastía) a ser uno de los más poderosos en la XII Dinastía. Para la época de Hatshepsut, su iglesia había conseguir mucho poder. Y como ella no era estúpida, decidió ganarse su favor. ¿Cómo?

Técnicas de relaciones públicas en el Antiguo Egipto

Lo único que podía hacer la reina era dar y prometer cosas a la Iglesia de Amón. Estamos hablando de una época muy distinta a la actual, pero podríamos decir que aplicó técnicas de relaciones públicas como el mecenazgo —acción en la que una figura privada efectúa una aportación monetaria o material a una entidad para un evento (o similar) con impacto social, a cambio de un beneficio a la reputación—.

O, lo que es lo mismo, dar dinero y poder a los sacerdotes de la curia de Amón para sus cositas, sean estas las que sean.

La muerte de Tutmosis II

Tutmosis II no fue un gran faraón. Su reinado fue breve y no nos ha llegado nada reseñable de él. El problema es que, durante el matrimonio con su medio hermana, solo había tenido tres hijas. Ningún varón.

Ineni, de nuevo, propuso para el trono a un hijo varón que Tutmosis II tuvo fuera del matrimonio real: un niño menor de edad que era hijo de Tutmosis II y sobrino de Hatshepsut. Esta, al ver que la historia se repetía, se dijo a sí misma que ya estaba bien. O eso quiero creer. Así que se le ocurrió una idea: ya que el niño era un crío, ella podía ser la reina regente.

Y así empezó todo.

La teogamia y los dos reyes de Egipto

Para cuando su marido, Tutmosis II, murió, el eficiente trabajo de Hatshepsut había dado sus frutos. Por un lado, apartó a Ineni de la Corte y colocó a Senemnut, de quien se rumorea que era el verdadero padre de las princesas, como visir y arquitecto real. Por otro lado, promocionó a Hapuseneb, un político que se nombró a sí mismo chaty (presidente o primer ministro, el cargo más importante después del faraón) y sumo sacerdote de Amón.

Para qué un carguito si puedes tener dos, debió de pensar Hapuseneb. Y Hatshepsut se lo permitió porque tenía planes para él.

Hatshepsut, de rodillas, recibiendo la bendición de Amón (en una silla a la derecha) y Mut (de pie a la izquierda)
Hatshepsut, de rodillas, recibiendo las bendiciones de Amón (a la derecha) y Mut (a la izquierda). Imagen de Erenow

Así, pasados los años y siendo Tutmosis III aún menor de edad, Hatshepsut se nombró reina-faraón con la connivencia de la iglesia de Amón liderada por Hapuseneb. Ella, y la iglesia de Amón lo corroboró, manifestó ante todo el pueblo egipcio que era hija directa del Dios.

Amón y la reputación de la reina faraón

Según Hatshepsut, Amón, en toda su magnificencia, acudió una noche a la alcoba real de Ahmose haciéndose pasar por Tutmosis I para dejarla embarazada. Así, el verdadero padre de Hatshepsut no era el faraón Tutmosis I sino el propio dios Amón, cosa que, ante los ojos de los egipcios, la hacía sagrada, totalmente divina en el sentido religioso de la palabra. Con ese currículum, ¿quién podía dudar de que el trono le perteneciera? Para una sociedad que veneraba hasta el extremo el poder de los dioses, no puede haber una reputación mejor que ser la hija directa de un dios.

 Reinado como hija de Amón

Hatshepsut disfrutó de un co-reinado tranquilo junto a su sobrino, con el que, parece, no tuvo mucho problema. Una vez la reina-faraón tuvo las coronas del Alto y el Bajo Egipto, tomó la apariencia de un hombre en muchas ocasiones, cosa que desconcertó a los arqueólogos que desenterraron sus templos y ruinas.

No fue una reina combativa como sí fue Tutmosis III, su sobrino. Su legado se traduce en arquitectura y expediciones comerciales, su templo mortuorio de Deir el Bahari y una historia emocionante e inteligente en la que inspirarse.

Sin embargo, lo más interesante es el ejemplo de que las relaciones públicas han existido y existirán siempre. Y, si una mujer las utilizó para conseguir ser faraón cuando lo tenía todo en contra, los demás podemos conseguir con ellas lo que nos propongamos.

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