Escritor, necesitas las redes sociales ¡y lo sabes!

Hubo una época en la que todos los escritores publicados iban de la mano de las editoriales. En aquellos tiempos, su reputación dependía de lo buena que era su obra y de cuánto vendía, y de vez en cuando se mostraba su carácter y su forma de ser en entrevistas y en columnas de opinión que encargaban los periódicos. El escritor estaba por encima del resto de los mortales, y se le profesaba tanta devoción como lejanía tenía con sus lectores.

¡Qué época más dulce! Quien vivía de los libros solo tenía que planearlos, escribirlos y corregirlos, ya fuera con placer o sufrimiento. Eran los tiempos en los que el trabajo de marketing y relaciones públicas quedaba en manos de editores y representantes. El contacto del escritor con su audiencia era unidireccional, a través de sus historias. El contacto humano, ese dialogar entre autor y lector, solo aparecía en las firmas de libros.

La editorial, que recogía entre sus alas al escritor como una ostra atesoraba a su perla, organizaba, costeaba y ejecutaba la promoción, que se hacía a través de medios convencionales y con campañas de publicidad. Y el autor se limitaba a escribir y a cobrar.

Internet y las redes sociales

Las nuevas tecnologías han cambiado ese escenario, pero no me voy a aventurar en dar un veredicto sobre si eso es mejor o peor para el escritor porque, como toda innovación, dependerá del punto de vista desde el que se mire. Lo que está claro es que las editoriales, los representantes y los escritores, incluidos los famosos e intocables, se han dado cuenta de esta nueva realidad en la que el autor es el activo más importante en la promoción de los libros, a menudo por encima de la obra en sí. Y no me refiero a que cuando Stephen King saca un libro vende porque es Stephen King. Me refiero a esa relación continua con los lectores actuales y potenciales.

Autores como Nora Jemisin o George R. R. Martin tienen Twitter. En España, Maruja Torres, Arturo Pérez Reverte o Juan Gómez Jurado también. Todos lo utilizan como ventana al mundo o, si lo preferís, como ese bar digital en el que dialogar con sus lectores. La mejor promoción es hacerse un lugar en la cabeza de los demás. Y lo hacen de la única manera en la que deben: estando presente ahí donde su audiencia interactúa.

¿Esto qué quiere decir? Pues que tengo una mala noticia para aquellos que solo queráis dedicaros a vuestra obra y no a su promoción: esa época dorada ya no existe. Si queréis vivir de los libros, tendréis que aprender a venderlos.

La generación Kindle

Si antes hablaba de la época dorada para el escritor, ahora estamos en una época dorada para el lector. Este hobby cae en picado si lo comparamos con otros productos de ocio, y cada vez son menos las personas que disfrutan de una buena lectura. Sin embargo, la cantidad de recursos que el lector tiene a mano ha crecido exponencialmente con las nuevas tecnologías. Con la aparición del libro electrónico, la oferta se ha ampliado y ahora cualquiera puede tener un libro descargado hasta en el móvil y a un precio irrisorio. Si no leemos es porque no queremos, no porque no podamos.

El responsable de esta situación es, sin duda, Amazon y su adorado, a la par que vilipendiado, Kindle. Además, poner a disposición de cualquiera la posibilidad de publicar ha hecho que muchos se lanzaran al ruedo con productos de menor o mayor calidad. Dejando de lado si toda novela indie merece ser leída, lo que está claro es que se han generado tal cantidad de novelas, cuentos y relatos en casi todos los idiomas que se necesitarían decenas de vidas para leerlos todos.

La generación Kindle está pisando fuerte, especialmente porque ha comprendido como nadie esa bidireccionalidad de la comunicación entre autor y lector. Supieron ver que su trabajo no era único y que la competencia, tanto de otros escritores indies como de los que se mueven bajo el ala protectora de una editorial, se movía como un barco rompehielos: lenta pero segura.

Los escritores de la generación Kindle han sido los primeros en investigar sobre marketing digital y, sin saberlo, han estado realizando acciones de relaciones públicas en todas sus redes para conseguir lo que desean: vender.

Firmar con una editorial no significa desvincularse de la autopromoción

Las editoriales tienen recursos finitos para un catálogo inmenso, y el grueso de sus esfuerzos lo dedican a aquellos escritores que saben que van a vender. Son los que, como diría Gabbert (y que tan bien recoge Gabriella literaria en este post [link]), tienen una demanda por su trabajo. Del resto de autores, las editoriales esperan que sean ellos los que convenzan a los demás de que merece la pena ser leídos, y sin que les cueste un duro.

Para una editorial, será más atractivo el manuscrito de una persona que tiene una comunidad enganchada a sus letras que el de una que nadie sepa que es escritor.

Facepalm
“Me llegan a avisar y me dedico a los bolillos en vez de a escribir”

Promociónate en redes sociales o deja que tus letras mueran

Así es. Es muy triste, pero es lo que hay. Afortunadamente, hay diferentes maneras maneras de promocionarse y la elección dependerá de cada escritor y del público al que quiera llegar. No es lo mismo querer impactar en jóvenes o milennials, como se ha puesto de moda llamarles, en padres y madres jóvenes o personas que hace años que se jubilaron. Por tanto, el producto define al público y, el público, al medio de promoción.

 En mis próximos posts, compartiré con vosotros los tipos de públicos del escritor así como las mejores maneras de conectar e impactar en ellos, que es lo que pretende cualquier autor. Porque debéis tenerlo claro: vosotros, escritores, tenéis que ser unos profesionales de las relaciones públicas para convencer, gracias a vuestra imagen y reputación, que vale la pena que os lean.