¿Qué quieres que los lectores piensen de ti? Imagen y reputación

Mis padres siempre han procurado que sus cuatro hijos tuvieran una educación digna de un diplomático. No me refiero a hablar veinte idiomas y conocer las costumbres sociales de medio mundo y parte del universo, sino a ser educados con la gente y con nuestro entorno. Os podéis imaginar que, cuando nuestra educación destacaba, mis padres se sentían muy orgullosos. Por eso, a mi madre siempre le encanta explicar lo que nos ocurrió en un viaje al que fuimos como regalo de comunión de uno de mis hermanos. Mis padres, mi hermano homenajeado, otro matrimonio con su hija y yo nos fuimos a un hotel malagueño a pasar calor y comer pescaíto frito.

Estoy hablando de finales de los 80, cuando la vida se hacía dentro de los hoteles. Cuando el maître nos vio aparecer y reparó en que ninguna de las tres criaturas superábamos los diez años,  su alarma anti-niños coñazo empezó a sonar y nos adjudicó una mesa al fondo del restaurante junto a otro puñado de familias con niños. Ahí estuvimos desayunando, comiendo y cenando durante cuatro días, y nuestros padres nos mantuvieron sentados y sin gritar.

Ahora que soy madre me doy cuenta del mérito que tiene todo eso.

La sorpresa vino dos o tres días más tarde, cuando el maître nos recibió en la puerta del restaurante con una sonrisa tan amplia que amenazaba con juntársele en la nuca. Confesó a nuestros padres que nos había colocado en esa mesa apartada y escondida para que no molestáramos al resto de comensales pero que, visto que hacíamos menos ruido que muchos de los adultos que comían a nuestro alrededor, había decidido ponernos en un sitio mejor.

Mis padres, habían conseguido, mediante el esfuerzo aplicado a nuestro educación, dar una imagen correcta en cada comida que alimentó nuestra reputación. Eso se convirtió en un rasgo diferenciador que nos hizo ganar los favores de nuestros públicos, es decir, del resto de comensales y, sobre todo, del maître y el resto de personal.

Gif aplauso

Identidad, imagen y reputación del escritor

El gran problema que tenemos es que no podemos controlar lo que los demás piensan de nosotros. Primero, porque no hay manera de obligarles a desechar prejuicios o creencias erróneas sobre lo que somos. Segundo, porque podemos gestionar el mensaje que mandamos, pero no cómo lo percibe nuestra audiencia.

Eso no quiere decir que debamos descuidarlo. Lo que tratan las relaciones públicas es de gestionar indirectamente la reputación a través del comportamiento.

Por un lado, debemos tener en cuenta que identidad y reputación no son lo mismo, e imagen y reputación, tampoco.

Identidad

¿Qué somos? ¿Qué pensamos de nosotros mismos? Eso, lo que aparece en nuestra cabeza cuando respondemos a estas preguntas, es nuestra identidad.

Lo más importante de este concepto es que es la base para construir nuestra estrategia de relaciones públicas. Así, si somos conscientes de que, por ejemplo, nuestro gran fuerte es la filología hispánica y eso se ve reflejado en nuestra obra, debemos comportarnos como expertos en la materia y aprovechar el interés del público para erigirnos ante ellos como tales. Si, en realidad, estamos versados en ciencia, debemos de buscar la manera de decirle al público que lean nuestras novelas de ciencia ficción porque, en comparación de otras, nosotros de verdad sabemos de qué estamos hablando.

Si, como a mis padres, lo más importante en el mundo es ser y parecer personas educadas y cordiales, no podemos comportarnos como unas estúpidas.

Vamos a verlo.

Imagen

La imagen es aquello que percibimos de algo o de alguien en un momento dado. Por lo tanto, hay que vigilar cuál es la imagen que das de ti a los demás, teniendo en cuenta que pueden ver solo una parte de la foto y no todo el conjunto.

Para entenderlo mejor, veamos un caso práctico con una de las figuras literarias más famosas del país.

Reverte comprometido. Gestión de la imagen y la reputación
Reverte comprometido (Link)

Quien llegara a este tuit, pensaría: qué grande es Reverte. En un solo mensaje, hace un micro relato y, encima, denuncia el maltrato. ¿Qué imagen extraemos de este tuit? Reverte es un buen escritor y encima está comprometido.

Así pues, ¿cómo será nuestra percepción de esta imagen? Será una buena y positiva.

Reverte enfurecido. Gestión de la imagen y la reputación
Reverte enfurecido (Link)

¡Qué cambio de un tuit a otro! Después de que un seguidor anónimo lo corrigiera, Reverte saca su carácter -recordemos que lo anterior era un relato, esto no- y contesta. ¿Qué imagen se puede llevar alguien que llega a este tuit? Que ha contestado con demasiada soberbia y faltando al respeto ante un comentario bastante anodino y bastante guasón.

Entonces, ¿qué percepción nos queda de esta imagen? Una bastante nefasta.

Reverte arrepentido
Reverte arrepentido (Link)

Por último, el “listillo” se explica y Reverte ve su error y se corrige. El tono cambia, así como las formas. El listillo es listo y también amigo.

En este caso, la percepción resultante de este comportamiento puede ser doble. Por un lado, habrá quien piense que reconocer su error le honra y se quedarán con un buen sabor de boca. Habrá quien, por el contrario, pensará que el daño ya está hecho. Este acto no dejará una imagen saludable del personaje.

Reputación

Si la imagen es la percepción de alguien en un momento determinado, la reputación es la representación, impresión o recuerdo de ese alguien que queda en el subconsciente, y se construye a través de las percepciones sostenidas en el tiempo.

Es decir: la reputación es la película que resulta del montaje de todas las imágenes que hemos ido percibiendo de una persona. O, tal como dice Jordi Xifra en su libro “Manual de relaciones públicas e institucionales” (2014, Editorial Tecnos):

La imagen es como una instantánea de un momento dado, mientras que la reputación es un juicio de opinión sobre un lapso de tiempo más extenso

Así pues, si:

  • solo vemos tuits de Reverte comprometido –> Su reputación será fantástica.
  • solo vemos tuits de Reverte enfurecido –> Su reputación será nefasta.

Pero, ¿qué pasa con Reverte arrepentido? Pues, como suelen ser los más escasos, ese tipo de Tuits ayudarán a alimentar una u otra reputación, dependiendo de la que ya tenga la audiencia.

Nuestros comportamiento lo es todo: cuidémoslo

En Internet o en la vida real. En nuestra faceta de escritores como en la de trabajadores. Ayer, hoy, mañana. Nuestra manera de comportarnos es la manera en la que nos presentamos a los demás y, según eso, ellos percibirán una imagen de nosotros que, a la larga, se convertirá en una reputación.

Eso significa que nuestra relación con nuestros públicos pasa por vigilar qué hacemos y qué decimos. Sí, lo sé: es un coñazo. Pero por ahí pasa que nuestros lectores, correctores, etc., se enganchen a nosotros.

La reputación del escritor: la diferencia que hará que nos lean

Lo peor de la reputación es que es un activo intangible. Está ahí y tiene un valor muy importante para el escritor pero, como no se ve, no se cuida lo que se debería. De nada sirve que el escritor prometa una aventura cargada de humor cuando la manera de relacionarse con su público es aburrida o soporífera. Si presenta una inquietante historia fantástica y resulta que nunca habla del género. O pretenda llegar a sus públicos con mensajes plagados de faltas ortográficas y gramaticales que hacen llorar sangre.

Tampoco se trata de ser una marca sin más, un objeto sin emociones ni sentimientos. Ya hablaremos de ello más adelante, pero lo que más engancha a un lector es saber que detrás hay una persona con la que conecta. Que le caigamos bien a los lectores puede hacer que nos lean, aunque sea por pena. Lo que está claro es que, si les caemos mal o algo de nosotros no les acaba de gustar, no tocarán nuestros libros ni con un palo enganchado a un taco de billar que a su vez está atado a un mástil de velero.

Piensa en qué reputación quieres tener y trabaja para conseguirla

Todos debemos hacer un trabajo para saber cómo queremos que nos perciban los demás. Voluntariamente, voy a obviar al resto de públicos del escritor y me voy a centrar los lectores.

Lo primero es analizar cuál es nuestra identidad. Me voy a usar a mí como ejemplo. Yo, Carla, soy muchas cosas, pero en la parte de la escritura me considero una persona imaginativa y curranta. Perfeccionista, además. Quiero y deseo tener una prosa que esté cuidada y que mi voz sea cercana pero no simple. Además, me encanta la fantasía y la ciencia ficción, así que leo mucho sobre ello y puedo decir que sé bastante. Sobre todo de Terry Pratchett. Y de relaciones públicas, claro.

Lo segundo es pensar qué puedo ofrecer a los lectores que me diferencie del resto de escritores del género (otro día hablaremos de productos substitutivos) y les llame la atención. Para ello, debo saber qué les interesa a los lectores y qué les puedo ofrecer, qué puedo demostrarles sobre mí misma. Puedo hacer reseñas (link) y que vean que no solo soy buena escritora sino que, además, tengo una gran sensibilidad. Puedo hacer posts sobre escribir fantasía (link) y, así, llegar a escritores y lectores interesados en el tema. Puedo ser una persona encantadora y majísima y repartir amor, en especial en Twitter (link). Puedo hacer un blog de relaciones públicas (link) para escritores, compartir mi conocimiento y hacer que os caiga tan bien que, cuando salga mi próximo libro, queráis leerlo. Aunque sea por pena.

Puedo hacer muchas cosas. Podéis hacer muchas cosas. Qué, ¿nos ponemos manos a la obra?

Imagen de Tim Marshall (link)